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Diario YA


 

¿Existe, de verdad, libertad de opinión y expresión en España?

Sandra Barneda ¿necesita justificarse a sí misma

Miguel Massanet Bosch.
¿Existe, de verdad, libertad de opinión y expresión en España?
Los nuevos tiempos han traído a nuestro país nuevas costumbres, sensibilidades distintas, cambios morales y éticos, fruto de una evidente percepción de las realidades más laica, más permisiva y, si se me permite, más libre en cuanto a este tema, siempre tan controvertido, como  es la sexualidad humana, sus límites y modalidades. Sin embargo, es evidente que lo que, no hace demasiados años, constituía un delito, estaba proscrito por la sociedad, pecado grave para los católicos y considerado como una de las lacras de la humanidad; para estas nuevas generaciones, más preocupadas por lo que para ellas son sus libertades irrenunciables, su progresivo  apartamiento de la disciplina familiar, sus coqueteos con las drogas y su alejamiento de sus vínculos con la religión, especialmente la católica, han aceptado como habitual, han reconocido como legítimo y han intentado y conseguido que, desde los poderes públicos, haya sido aceptado como, una práctica común, una nueva forma de familia, algo que se considera innato en la personalidad de hombres y mujeres, el hecho de que se puedan sentir atraídos los unos por los otros dentro de un mismo género, sin que ello, aunque evidentemente no se trata más que un engaño a la naturaleza humana, en virtud de la permisividad de las nuevas filosofías, de la sobrevaloración de los instintos primarios de las personas, incluidos los más exóticos y reprobables, acompañado de una condescendencia rayana en lo antinatural respecto a determinadas prácticas sexuales, antes consideradas como aberraciones naturales pero que, actualmente, han sido reivindicadas, reconocidas, legalizadas y, en cierta manera, priorizadas respecto a lo que, desde siempre, se entendía como el vínculo matrimonial, reservado exclusivamente a la unión entre un hombre y una mujer, como base de lo que constituía su principal fin, la procreación, el conjunto que formaba el germen de toda sociedad civilizada, empezando por la romana.
No obstante, por raro que nos pudiera parecer, por extraño que pueda resultarnos a quienes nos cuesta entender estos cambios extremos, estamos inmersos en un modelo de sociedad complaciente, sin duda librepensadora; influida por las campañas feministas más radicales, como las que han tenido lugar especialmente en los últimos años; caracterizadas por juventudes pacifistas, bucólicas, laicas que han formado grupos antisistema y que, en ocasiones, han renunciado a la sociedad para dedicarse a la vida sin cortapisas ni barreras morales, que han venido practicando la promiscuidad y la homosexualidad, primero por curiosidad y más tarde por vicio, seguramente por la pérdida de sus principios morales y por el masivo uso de drogas y alcohol, que han relajado y debilitado los frenos espirituales y escrúpulos que pudieran haberles impedido entregarse a los excesos sexuales a los que hoy en día se han  hecho adictos.
En todo caso no planteamos objeción alguna a que cada cual haga uso de su libertad en la forma que estime conveniente porque, como ciudadanos civilizados sabemos que existen leyes que apoyan a gais y lesbianas, que les permiten contraer matrimonio y hasta adoptar hijos o la fertilización artificial a las mujeres lesbianas para que puedan constituir una familia o lo que sea, protegidos por nuestro ordenamiento jurídico. Pero lo que ya es excesivo, se pasa de la raya y constituye una de las aberraciones mayores que se dan en nuestra sociedad es que estos nuevos ensayos de comportamientos sexuales, los que ahora los practican sin miedo a la repulsa de la sociedad y las autoridades que se ocupan de defender sus derechos, sean quienes ahora pretendan que todos los ciudadanos que en uso de nuestra libertad de expresión, nuestro derecho de opinión y nuestros privilegios como ciudadanos de una democracia, tengamos que soportar como, a medida que pasa el tiempo lo que, al principio, eran simples quejas por no ser aceptados por el resto de la sociedad, poco a poco, ha ido adquiriendo virulencia, se han envalentonado y han ocupado las calles manifestándose en multitudes, coreando consignas en contra de la religión, de los ciudadanos que no comulgan con sus ideas, muchos en paños menores, exhibiéndose en posturas procaces, cometiendo actos de ultraje a las imágenes sagradas y de escarnio hacia los curas. Y nadie, ningún miembro del Gobierno ni de los partidos de la oposición han levantado un dedo en contra de semejante desvarío.
Es por todo esto que nos ha chocado que una lesbiana declarada y conocida por sus apariciones en la TV, la señora Sandra Barneda, que estuvo relacionada con otra mujer, su “compañera sentimental” Nagore Robles, otra figura de las televisiones, recientemente separadas; en su columna de La Vanguardia, ha “denunciado” su extrañeza de que, cuando va por la calle cogida de la mano de su nuevo ligue femenino, haya personas que la miran con curiosidad, algunas con mirada poco amistosa y otras que hacen gestos de reprobación. Para ella el pasear con su amiga sentimental por el centro de Madrid dando a entender que, su relación, no es especialmente de una simple compañera de trabajo o amiga; debiera ser, no solamente respetada, algo que parece que ocurre en todas las ocasiones que menciona, sino que debiera ser acogido con simpatía, con aprobación y, si nos apuran, con una ovación torera.
El empeño de que los que, en ejercicio de nuestra libertad de opinión, no estamos de acuerdo con esta forma de relación humana, por muy común y extendida que sea en nuestro país, no es más que una forma de pretender imponer a la fuerza, forzando nuestra propia forma de pensar, nuestras creencias, nuestra total discrepancia con temas como el aborto, los matrimonios que por su propia esencia no pueden ser considerados como tales o este exhibicionismo que entre los heterosexuales no existe y, si se dan algunos casos, será de exhibicionistas o personas que no saben que la libertad tiene unos límites que, como todo el mundo sabe, son los de las libertades del resto de personas a que también se respeten sus derechos constitucionales.
En realidad, tenemos la percepción de que la señora Barneda, en su artículo del día de hoy, más que defender la homosexualidad como un derecho inherente a las personas, que nadie discute aunque no lo compartamos, trata de justificarse a sí misma; busca convencerse de que sus instintos sexuales son tan normales como los que, la naturaleza, en su evolución a través de los miles de millones de años que los homínidos han venido poblando la tierra, ha implantado, como regla general, entre hombres y mujeres, machos y hembras, dotando a cada género los órganos reproductores adecuados para poder engendrar descendencia, gracias a lo cual el mundo sigue aumentando su población, que ya va por encima de los siete mil millones de habitantes. Por mucho que insistan los defensores de las prácticas homosexuales, nunca van a conseguir demostrar que sus modos de relacionarse sexualmente son los que encajan y complementan los que las mujeres y hombres disponen para la realización de la cópula y crear nuevos seres humanos.
O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, aconsejaríamos a la señora Barneda que no intente implantar, como ya lo están haciendo los comunistas de Podemos, el pensamiento único, el lavado de cerebro de los ciudadanos, el obligar a que nos sometamos a lo que a ella le conviene para sentirse cómoda con su condición de lesbiana, que, por otra parte nadie le recrimina ni le obstaculiza que la siga manteniendo. Simplemente que, si a ella le parece conveniente criticar a los que no aceptan su modus vivendi con otra mujer, es evidente que los que no compartimos sus argumentos, tengamos ocasión de manifestarlo públicamente ¿O no? Finalizaremos con una observación de Mº Fernanda Cabal, politóloga y senadora colombiana: “La agenda del lobby gay es pasar por encima de los demás, con la excusa de la tolerancia”